Hija de Venus y Marte
Fueron uno en un tiempo, un tiempo pluscuamperfecto, se desgajaron por disparidad de conceptos, por actitudes divergentes, intranscendentes en el fondo, pero elocuentes en la forma, fueron uno, pero dejaron de serlo. Uno se hizo cálido y tierno, bello y frágil, al otro se le heló el corazón batallando consigo mismo, buscando una autonomía de la que carecía al estar fusionado con otro cuerpo extraño.
Había un solo planeta con dos lados, en un ciclo atrás de la formación del sistema solar, mas con dos masas heterogéneas, unidas con fuerzas latentes a través de una enorme falla que denotaba asperezas diversas. Y el roce les desgastó.
Venus se acercó al sol, aspiró de su calor, dibujó una senda cercana al latido protector de un dios menor, el cobijo palpitante de una mano compañera que le sirve de un gran espejo donde contemplar su belleza, mientras Marte, más guerrero, más fiero, se distanció hacía un lugar más apartado, un universo más de hielo, más independiente, menos conciliador, cual tenor que declama un solo en un teatro de sillas llenas de polvo.
Nada había que les impidiera irse, nada, excepto una hija, el fruto del amor, un pedazo de semilla que les mantenía dando vueltas en torno suyo, en órbitas nunca superpuestas, era la Tierra, un planeta azul, radiante de vida, hija de la belleza y de la libertad, de Venus hecha mujer y de Marte hecho hombre.
Aquella niña de ojos azules nació cuando ambos aun eran uno, un todo, de un vientre voluptuoso y germinal, una princesa que jugaba a pelota con la luna y era educada en una dual disciplina, una madre Venus mimosa y un padre Marte severo. Hija única. Se fue haciendo su intelecto.
El olvidado día de la separación, la Tierra quedó en medio, una hija destetada de sus progenitores, un satélite entre dos planetas mayores, sus padres quedaron lejos y ella compartiendo el tiempo, a ratos muertos a ratos inciertos, con los dictados de un juez galáctico que juzgó quien, cuando, cuanto, como y de que modo, una hija planetaria, compartía espacio con uno u otro progenitor. Venus ganó tiempo compartido. A Marte se le otorgó calidad. Todos perdieron en el fondo. El juez no pudo ser justo.
Más en la Vía Láctea, un minúsculo cuerpo redondo, gira y gira, a distancia regular, de dos puntos que en la noche brillan, confundidos entre una inmensidad de estrellas, dos padres que miran el azul color de la Tierra, océanos de lágrimas, que ambos vertieron un día de desamor, mares formados del llanto que el dolor les causó.
2 comentarios
Lautreamont -
gema -